El día que fuimos a las ruinas de Copán era sudoroso; mientras el sol comía mis labios y quemaba mi piel, exploramos las estructuras en una niebla de calor. No había mucha gente, aparte de unos obreros de la construcción que no hacían nada y guias que dormían en la sombra. Tambien había una pareja de casi viente años. Era claro que estaban con racasa, la chica más que el hombre. Ella parecía interesada en la historia del lugar, pero le molesta que su condición mala estaba limitanda su experiencia; él estaba inconexo y le molesta en general las ruinas. Escuchamos algo de chistoso cuando estabamos cerca de ellos:
--“Quiero desnudarme encima de esta ruina,” dijo el hombre.
--“Es un poco malcriado, no?”
--“¿A quien? ¿Los Mayas muertos? Pues, no hay nadie que esté mirando.” Jaja. Que poco sabíalo.
--“Querrías que una persona subiera encima de tu sinagoga, en cueros?”
--“Ehm, réiría.”
--“Bien. Hazlo. Y no voy a hacer nada cuando una mujerita te vea, te caza, y te maldice en Poqom.”
--“¿Puedes sacar una foto?”
De pronto, vimos un culo brillante encima de la ruina. Oímos siete clics del cámara, y el culo desapareció. Ellos salieron, el hombre satisfecho y la mujer harta de su novio.
